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Volver y volverse a ir

Foto del escritor: Ana Paola
Ana Paola
19 ene 2021
3 min de lectura

Volver es diferente, es extraño. Aunque no necesariamente es dar un paso atrás a veces lo parece. En un primer vistazo todo lo conocido ahora parece ajeno. ¿la luz siempre fue tan tenue? ¿la cocina siempre fue tan grande? Los cubiertos, las sillas, la cama. ¿mi cuarto siempre fue tan rosa? Y no sólo eso, las calles, los lugares a los que sabes llegar sin necesidad de GPS porque has ido miles de veces. Sorprende todavía conocer los caminos de memoria, después de la ausencia. Es más, no sólo sorprende sino que ofende. ¿cómo no he podido dejar atrás esta ciudad? Las comparaciones son inevitables. Allá había más árboles. Acá hay menos tráfico. Allá nadie me conoce. Acá todos son mis viejos amigos, hasta los limpiavidrios del alto.

Allá, acá. Por mucho que diga que detesto esta ciudad, no hay forma de negar que es mi hogar, que siempre voy a pertenecer aquí, siempre estará mi familia, amigos e historias en cada esquina. Pero por mucho que pertenezca, tampoco hay nada que pese lo suficiente para retenerme aquí por siempre. No sé si exista el destino, pero si lo hay, el mío es irme. Y volverme a ir. Una y otra vez. Soy amante del desgarrador sentimiento de nostalgia. Esa que se forma como nudo en la garganta desde un mes antes de partir. No es la primera vez y sé que no será la última. Me gusta llamarle nostalgia anticipada, porque aún estás ahí pero sabes que el fin se avecina, es algo así como leer las últimas treinta páginas de un libro muy bueno. Un sentimiento generalmente terrible pero que tiene su encanto y un poco de ilusión.

La nostalgia anticipada también es la prueba de que viví y viví al máximo, de que quedé enamorada de la ciudad. Y es que es inevitable dejar un pedacito de mí en cada lugar que visito, es inevitable partir con la idea de volver por un periodo más largo la próxima vez, por una última, una más, a ver esto que me faltó o aquello que me fascinó. Porque cada lugar es asombroso y tiene su magia singular, entonces no hay más remedio que regalarle un cachito de mí. Porque hay tantos lugares, que la vida jamás alcanzará para visitarlos ni conocerlos todos, entonces no queda más remedio que partir en busca del siguiente. Son como las relaciones apasionadas, a veces fugaces, a veces más largas y estables, pero siempre con una fecha de caducidad.

¿Amantes humanos? Ninguno. Mis amantes son ciudades y pueblos, dejarlos me produce el mismo dolor que romper con una relación. El mismo sentimiento agridulce que da lo efímero a la vida y al mero sentimiento de vivir. Algunos evitan pensar en el final, evitan pensar en la muerte. Pero yo pienso ¿no es justamente eso lo que nos impulsa a vivir lo más plenamente? ¿no es precisamente la certeza del fin, lo que nos hace atrevernos a decirle a alguien que nos gusta o decir que sí a una invitación de último minuto? Por algo existen tantas frases trilladas al respecto. Porque quienes viven pensando en la muerte son conscientes de lo efímero y deciden aprovechar cada momento.

En mi opinión lo efímero no está lo suficientemente presente en la cotidianeidad, en la monotonía del métro- boulot-dodo (transporte- trabajo- descanso), así que yo prefiero buscármelo. Crear situaciones efímeras y vivirlas al máximo. Visitar nuevas ciudades, nuevos pueblos, es una forma de buscar lo efímero. ¿masoquismo? Tal vez. ¿egoísmo? Seguro. ¿mentalidad Millennial? Llámale como quieras pero, ¿a qué venimos a este mundo si no es a hacernos felices a nosotros mismos?

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