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La fiesta de disfraces

Foto del escritor: Ana Paola
Ana Paola
28 may 2020
6 min de lectura

Después de varios días por fin había quedado listo. Estaba perfecto. El disfraz ideal para Halloween: una araña. Era todo negro, tenía un gorro con ojos enormes, el cuerpo regordete y ocho patas que se movían en sintonía con sus pasitos. Era una obra de arte: divertido, cómodo, práctico e iba perfecto con la temática de Halloween, donde siempre hay fantasmas, calabazas, arañas, diablitos, brujas y demás.

Su mamá estaba tan emocionada que la contagió de ese entusiasmo, y contenta se puso el traje en el que tanto se habían esforzado las dos. Sí, las dos, porque eso de quedarse quietecita tampoco era nada fácil, si se movía los alfileres le picaban. Había tenido que ser paciente, esperar a que le tomaran medidas, posar para que su mamá viera que le faltaba o qué le sobraba.

Cuando recién se lo puso sintió un poco raro en la cabeza, era como tener puesto un gorro de natación, pero con ojos enormes encima. Palpó los ojos varias veces, tocó las patitas y dio de vueltas para ver cómo se movían. Las tocó una y otra vez, eran suaves por la tela y el algodón que las rellenaba. Sonrió: su mamá era increíble.

Un rato después, llegaron algunos de sus amiguitos, querían tomarse fotos e irse juntos a la fiesta en casa de Braulio, que tenía un jardín grande. Ella salió sonriendo al patio para formarse junto a sus amigos para las fotos, y justo en ese momento llegó Sofía. Fue como si una ola entrara en ella y se llevara todo su buen humor, emoción y confianza.

Sofía se veía hermosa, venía vestida de princesa: con un vestido rosa y morado largo, zapatillas de tacón de las que les prenden lucecitas, una corona y hasta una barita mágica con brillos. Tenía una energía cautivadora y Diana sintió que esa energía la jalaba de la de ella, que ahora parecía haber desaparecido. Solamente le quedaba la vergüenza. Se sentía la más tonta con su gorro de natación negro con ojos, y con sus ocho tontas patas moviéndose a su alrededor, se veía como una bola; en cambio Sofía tenía una figura como todas las niñas sueñan tener algún día, esa que llama la atención y hace que te quieran mucho y te den regalos, que hace que tu cara se vea luminosa y resalten tus ojos.

"¿cómo pude pensar que este disfraz de araña gorda estaba bien? ¿Por qué mi mamá no me disfrazó de princesa?"

Diana se aguantó las ganas de llorar para las fotos, pero salió muy seria, con una mirada aprensiva que indicaba que no soportaba estar ahí ni un segundo más. Sofía salió sonriente, radiante. Los demás compañeritos salieron viendo al infinito algunos, otros con sonrisas forzadas, otros haciendo caras raras. Diana no se dio cuenta, pero todos sus compañeros tenían disfraces de brujas y diablitos, todos se veían como lo que eran: niños de preescolar. La que desentonaba era Sofía, que no tenía por qué vestirse de princesa para Halloween, las princesas ni siquiera dan miedo. Y sin embargo Diana desde ese día empezó a sentir que algo en ella estaba mal y no encajaba, y que nunca iba a ser suficiente y que su mamá no la entendía para nada.

Con el corazón y las patitas encogidas, se la llevaron a la fiesta. Todo estaba espectacular: la entrada estaba cubierta de telarañas de plástico tipo algodón, de esas que parecen de a de veras, y tenían que abrirse paso con las manos para poder entrar en el mundo mágico del Halloween. Todo estaba decorado con papel café y negro de fondo y más telarañas, había colas de diablos enterradas por aquí, cuernos colgados por allá, caras de Frankenstein, uno que otro sombrero de bruja y muchas, pero muchas arañas ojonas colgando del techo. Las mamás estaban emocionadísimas, parecía más bien un concurso entre ellas de quién había gastado más en su disfraz o sido más creativa. Pero una cosa estaba clara: Diana era la arañita patona más tierna en todo el universo.

Ella, sin embargo, sufría. Tenía las cejas en forma de triángulo y la boca de puchero. Apenas si probó los sándwiches y la pasta blanca con trocitos de jamón y piña. Ni siquiera sonrió cuando le ofrecieron su bebida favorita: refresco de uva; es más, deseó que se le cayera algo encima para que la pudieran cambiar, sentía que los que estaban junto a ella chocaban todo el tiempo con sus largas patas. La tortura no duró mucho tiempo más, porque la mamá de Diana le ofreció cambiarla para que pudiera ir a jugar con sus amiguitos y no se arruinara el disfraz.

Libres de patas, capas, gorros y diademas de cuernitos, jugaron a las escondidas, a las traes, a la familia, a los superhéroes, niños jugaban con niñas, grandes con chicos, Diana reía y corría y saltaba en el brincolín, se sentía parte del grupo de nuevo. Hasta que entre un salto y otro se dio cuenta de que Sofía aún traía puesto su vestido de princesa y volvió a sentir cómo se le iba el alma al suelo; cuando le preguntó por qué no se cambiaba, Sofía dijo que a ella no le incomodaba el vestido, que además tenía una licra abajo y que le iba perfectamente.

No hubo tiempo para enfadarse de nuevo, pues las mamás llamaron a todos para el postre: panquecitos pintados de Frankenstein, gomitas de gusano, chocolates de ojos, gelatina de leche con sangre sabor cereza: un festín terrorífico. Mientras recibían su dotación de dulces en sus calabazas de plástico, Diana observaba a Sofía con recelo. Y de un segundo a otro, sin saber cómo ni por qué, se acercó a ella, le sonrió y empezó a hablarle. Y así comenzó un pequeño vals, una jalaba a la otra a la resbaladilla, luego la otra la llevaba al pasamanos, una sugería ser la mamá, la otra decía que mejor tuvieran poderes. Diana incluso le elogió mucho su vestido de princesa, y por un momento todo pareció estar en su lugar.

Pero Diana se dejó llevar y no se dio cuenta de cuándo dejó de tener el control, Sofía cada vez rechazaba más sus ideas y le ponía más retos, y ella luchaba con todas sus fuerzas por lograr todo lo que le pedía, por demostrar que (vestido de princesa o no) ella también contaba, también era fuerte, lista y bonita. Los gritos de los otros niños se fueron perdiendo en el fondo y parecía que solamente existían ellas dos, y el resto estaba ahí pero muy lejos.

-Ahora escala ese árbol y tráeme esa hoja de color amarillo.

-Muy bien, y ahora préstame tus zapatos.

-Me quedan, ponte los míos.

-A que no te atreves a hacerte pipí ahí atrás.

Diana le dijo que eso no se hacía, que las iban a regañar, que estaba mal, pero cambió de opinión cuando Sofía empezó a torcer los ojos y a señalarla con su barita mágica.

-Ya sabía, no te atreves.

Diana, que estaba de por sí actuando casi por inercia, la adrenalina de su cuerpo reflejada en su carita color tomate, le contestó que sí, que se atrevía, pero solamente si ella lo hacía también.

El rojo tomate de sus mejillas se transformó rápidamente en blanco papel cuando escuchó los gritos.

-¡Pero qué se creen que están haciendo, si para eso existen los baños!

Del susto ambas saltaron y se mojaron toda la ropa. Los demás niños se habían acercado corriendo con los gritos y las miraban perplejos. Las regañaron largo y tendido, y la mamá de Diana estaba muy decepcionada de ella y molesta por lo mala influencia que había sido Sofía con su arañita estrella. Las cambiaron de ropa a ambas y bajo amenaza de irse sin dulces a la más mínima provocación, las dejaron seguir jugando un rato más.

Sentadita en una silla roja, Diana miraba la mesa de golosinas sin verla realmente. Estaba triste de nuevo, no le gustaba decepcionar a su mamá, sobre todo considerando todo el esfuerzo que había hecho con su disfraz. Entre pensamientos de culpa y rencor vio a Miguelito y Braulio acercarse por unos refrescos de piña para recuperarse después de tanto correr. Miguelito iba vestido de Drácula, Braulio de brujo, y ambos tenían el maquillaje apto para niños corrido por toda la cara sudada. Braulio, el dueño de la casa, le dijo a Diana:

-¿Por qué se hicieron pipí en MI jardín?

-Es que era un reto, ¿me disculpas?

-No, ya no te voy a invitar. Vámonos Migue.

Antes de empañarse por completo sus ojos de lágrimas, sintió la mirada de Sofía, ella estaba sentada sola cerca de la resbaladilla y en cuanto cruzaron miradas, Sofía volteó a ver a Miguelito. Entonces Diana sin pensarlo dos veces se levantó y corrió hacia el brincolín al que estaban a punto de subirse los dos niños, y tomó a Miguelito de la mano. Él y Braulio pararon en seco al sentir su presencia, y los niños vieron desde el brincolín cómo se tomaban de la mano. Y empezaron entre todos, incluso Braulio, a corear “¡son novios, son novios! ¡beso, beso, beso!” Migue cedió ante la presión del grupo y le dio a Diana un beso en el cachete, lleno de babas con sabor a piña. Ella volteó hacia la resbaladilla y vio a Sofía llorando. Sonrió con malicia. Ahora sí, la araña le había ganado a la princesa.

Ana Paola, 2020

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