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El Museo

Foto del escritor: Ana Paola
Ana Paola
9 may 2020
4 min de lectura

Se respiraba una calma mezclada con olor a viejo y a aire reciclado. El silencio solamente se rompía con el sonido de los zapatos de la gente al pasar lentamente, detenerse y seguir caminando con la misma lentitud al siguiente cuadro; uno que otro murmullo por aquí y por allá, y la respiración agitada de los que ya se cansaron y debían tomar un respiro en las bancas que estaban en el centro de cada sala.


En una de esas bancas estaba ella sentada, pero no se había quedado sin aliento, eso nunca podría pasarle, estaba en la mejor forma. Era domingo y su familia se había ido a misa, pero ella hacía varios años que ya no sabía si creía en Dios, en el Universo o en los Signos Zodiacales. Tanta confusión la abrumaba y prefería ir a algún museo, en tanto no tuviera práctica de Voleyball o algún partido importante.



Hoy estaba sentada frente a la pintura Pont Neuf de Renoir, traía puesto un vestido y guaraches, y el pelo amarrado en una trenza. Estaba concentrada intentando copiar el Renoir. Con el carboncillo trazaba, con la yema del dedo difuminaba. Observaba su obra, volvía la mirada al original, suspiraba y volvía a trazar. Estaba en su elemento. Llevaba un buen rato en ese proceso, sus ojos brillaban y parecía que no había nadie más que ella en la sala, en el museo, en el mundo entero.



De pronto sintió que alguien tocaba su hombro, se sobresaltó y su carboncillo cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo y pareció que algo se rompió dentro de ella junto con el trozo de madera carbonizada con el que trazaba. El mundo volvió súbitamente a sus sentidos: los pasos de la gente, los susurros, la respiración de la señora de junto y su abanico potente que movía el aire de un lado a otro para refrescarse un poco del bochorno que sentía, el niño que lloraba porque se quería ir, los audífonos de los turistas con las explicaciones de los cuadros que todo mundo escuchaba menos ellos, los asiáticos tomando miles de fotos de todo con sus cámaras profesionales, la mano fría que tocaba su hombro. Sus ojos perdieron el brillo y se desorbitaron.



-Hola Isabella ¿qué haces? No sabía que te gustaban los museos, wow ¿pintas? ¿A poco eso lo hiciste tú? Eres muy buena

-Yo…

-Oye casi no te reconozco con ese look tuyo, nunca te había visto de vestido, te ves muy bien eh



Al darse la vuelta vio que era un chico que iba en la misma universidad que ella y no supo qué decir. Intentaba sobreponerse, ignorar los sentimientos de realidad que se agolpaban súbitamente en su pecho, y seguirle la conversación a este compañero suyo de la universidad ¿Alberto? ¿Roberto? Quién sabe, pero era de los que parecían estar un poco obsesionados con las deportistas de la universidad, que se creían sus amigos para sentirse populares, pero que en realidad nadie sabía muy bien de dónde habían salido. Lo único que todo el mundo sabía de tipos como él era que les encantaba esparcir chismes por todos lados… Al reconocerlo Isabella empezó a llorar.



- Oye, no, perdón, ¿dije algo malo? No quería ofenderte, perdón discúlpame.

Beto volteaba hacia todos lados, implorando ayuda con la mirada, la gente miraba, pero nada más.


¿Qué debía hacer? Su reputación estaba comprometida, más ahora que había roto a llorar, ¿por qué? ¿Por qué la había tenido que interrumpirla? ¿Por qué ese muchacho simplón había ido justo a ese museo? siendo la ciudad tan grande… ¿Por qué en domingo? ¿Qué no todos iban a la iglesia o a comer como familia feliz? ¿Por qué ella no había podido contener sus lágrimas? y lo más importante ¿Por qué justamente en su lugar preferido, el que hasta hacía segundos había sido el único sitio donde se sentía segura, donde se empeñaba en borrarse a base de rayones sobre papel?

Respiró profundo, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y dijo despreocupada:



--Ay Beto, perdóname, no me esperaba verte por aquí, estoy haciendo una tarea de la clase de Arte, historia y cultura, ya sabes cómo son los profes con sus ideas todas raras ja ja ja… ¡Qué oso! saliendo de aquí me voy a una comida familiar y pues ya sabes cómo son las tías que si no te vistes bien no te la acabas… Dios mío mira la hora que es, me van a estar esperando y ahí sí que no me las quito de encima toda la tarde, nos vemos Beto, ¡me dio gusto verte!


Lo único que le había faltado explicar había sido su repentino llanto. Mientras caminaba hacia su auto pensaba en lo que ocurriría con su reputación el lunes, tal vez su reinado como la deportista estrella con la personalidad más ruda, estaba a punto de terminar. Pero lo que más le preocupaba eran los sentimientos que se habían agolpado en su pecho con tanta fuerza, que tuvieron que salir por sus ojos, con todo y que estaba en el museo, su lugar preferido. Subió a su coche y manejó sin rumbo por la ciudad. Finalmente llegó a su casa, donde se cambió el vestido por unos pants, la trenza por un chongo, y los guaraches coquetos por calcetines. Se sentó a fingir que estudiaba en lo que regresaban todos de misa.

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