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La vida adulta para una novata

Foto del escritor: Ana Paola
Ana Paola
22 jul 2019
6 min de lectura

Actualizado: 9 may 2020

Cuando te vuelves adulto la vida cambia muchísimo. Más bien, cuando terminas la universidad, todo eso de que tienes más responsabilidades, lo que te advierte todo mundo y te dice entre broma y broma que no te gradúes, se vuelve realidad. Ahora tú eres responsable de todo lo que pasa o no pasa en tu vida. Desde cosas como pagar deudas, comprar tu ropa, cuidar tus cosas, cuidarte a ti mismo, tu salud, tu alimentación; hasta qué demonios vas a hacer mañana, el próximo mes, el próximo año y el resto de tu vida. Es emocionante porque en efecto, ya no estás atada a la universidad, ya no tienes la obligación de estar sentada en un salón de clases escuchando a tus maestros hablar y hablar, a veces de temas poco menos que interesantes. Puedes elegir tu destino, excepto que realmente no eres libre, tienes deudas que pagar, la inflación está de locos y no puedes ganar suficiente dinero para vivir la vida que crees merecer con un departamento amplio, ropa, comida, gimnasio, psicólogo, coche, tres plataformas de streaming, suficientes ahorros para viajar cuando tú quieras y demás necesidades adquiridas de la época que harían de tu vida algo teóricamente cómodo y feliz.


Te empiezas a plantear cosas como si quieres una familia, si quieres casarte, qué tipo de persona te gustaría encontrar, de cuántos años, qué hábitos raros estarías dispuesta a "soportar" para siempre, o qué tal si eso del para siempre en realidad no existe; dónde quieres vivir, con quiénes, por qué, te cansa estar en la misma ciudad de siempre con las mismas personas de siempre, el mismo tráfico, los mismos semáforos, los mismos problemas, los mismos retenes, los mismos restaurantes de pizza y bares en cada esquina. Te planteas la vida en otras ciudades o países, a qué dedicarte en esos lugares, cómo llegar, qué trámites burocráticos hay que hacer, cuánto costaría en tiempo dinero y esfuerzo; piensas ahora en si prefieres tener trabajo que no te guste pero te dé de comer o no tener qué comer y hacer lo que te gusta. Y también está siempre detrás el qué dirán los demás, cuántos likes valdrá la vida que quiero, cuántos la vida que tengo, y a cuántos puedo llegar fingiendo un poco por aquí y un poco por allá. La aprobación social por medio de redes sociales como uno de los puntos más relevantes de tu existencia, consciente o inconscientemente.


Empiezas a pensar en lo que implica hacerse más viejo cada día, y lo peor no son los aspectos físicos que te hacen notarlo en tu propio cuerpo, como engordar más rápido que antes, menos flexibilidad, cansarte más rápido, ocasional dolor de espalda o de rodillas; definitivamente eso no es lo peor, lo peor es lo que ves en tus padres, tíos y abuelos mientras ellos también envejecen mucho más rápido de lo que antes podías darte cuenta. Entonces sientes que la muerte está a la vuelta de la esquina tanto para ellos como para ti, que en realidad no eres inmortal, no eres invencible, no eres tan increíble como te hicieron creer toda tu adolescencia. Pesadillas de ti envejeciendo súbitamente.


Encima de todo esto se empiezan a casar conocidos de tu misma edad, a tener hijos sin que las mamás o abuelitas alcen las cejas o te adviertan y amenacen que no hagas lo mismo; otros se dedican a viajar o mudarse a otros países, a hacer posgrados en línea, posgrados presenciales o posgrados en el extranjero, te sientes presionada y fracasada, que no estás haciendo nada, que no estás haciendo suficiente. Te distancias de todo mundo, porque cada vez hay menos temas de conversación común mientras cada uno se adentra más y más en su rango de especialidad por carrera, y los chismes sobre quién andaba con quién en la universidad o sobre los profesores que tenían en común se vuelven absolutamente irrelevantes. Los médicos sólo hablan de medicina, los arquitectos de cómo consiguieron participar en la construcción del nuevo edificio, los politólogos hablan del gobierno, los ingenieros de máquinas o de procesos, los diseñadores de experiencia del usuario, los actuarios de análisis de datos, en fin. Todos hablan de cosas que ya no entiendes tanto, que tienes una vaga idea pero realmente no entiendes su terminología especializada, temas de los que, mientras estudiaban todos podían prescindir para concentrarse en otros temas más superficiales que los unían. Pero ahora ya no hay nada que los una más que el pasado, los recuerdos. Más que tal vez sus principios o ideas y sueños para el futuro, o la misma experiencia de estar enfrentándose a la realidad, pero ahora cada realidad es distinta y personalizada.


Te preguntas a diario si lo que estás haciendo te llevará a cumplir los sueños de esa mocosa de 16 años que solías ser, o si es hora de inventarte nuevos sueños y seguirlos a ellos, pero ¿cómo encontrar un nuevo sueño después de haber perseguido el mismo durante ocho años y al final darte cuenta que no era para ti?. Te preocupa perder el tiempo porque ahora ya sabes que la vida es demasiado corta, las decisiones que tomes ahorita impactarán tu futuro de manera prácticamente irreversible. Y es que además te das cuenta que eres demasiado joven, demasiado guapa aún para estar perdiendo el tiempo con tipos que no valen la pena con tal de sentir que a alguien en este inaudito lugar le importas aunque sea por un par de horas, quieres aprovechar tu juventud pero no sabes cómo ni con quién.


Al mismo tiempo te preocupa que tu vida sea demasiado larga, si ahorita estás tan perdida y cansada, ya no sabes qué hacer o cómo seguir, ¿cómo se supone que vivas otros hipotéticos cincuenta o sesenta años más? Te empieza a pesar cada vez más la soledad, ¿qué hacer contigo misma y tus mil demonios dentro de la cabeza que pelean diciendo que eres un fracaso o que eres increíble? ¿a cuáles creer o cómo ignorarlos? Ahora puedes ir al bar sin pedir permiso, pero ir sola tampoco tiene tanto chiste después de todo. Te aburres, te aburre la monotonía de un trabajo, te aburre vivir en la misma casa y en la misma ciudad, te aburre no estar enamorada y que no te rompan el corazón. Secretamente empiezas a buscar algo que te entretenga, un poco de aventura en medio del gris que representa la cotidianeidad, y así es como te vuelves observadora en todo lugar a donde vas, buscando aventura. Al final con tanta observación acabas intentando desentrañar la forma en que se mueve el mundo llegando a una conclusión diferente cada día: Todo lo que ves fue construido por humanos, gente como tú con sueños, miedos, pasados e ilusiones. Todos, sin excepción, son humanos, hasta los famosos, hasta los políticos, hasta tus maestros de primaria y los creadores del internet y de Siri y Alexa. Todos son uno más en la masa de 7 billones de personas, bien podrías no haber nacido o morir mañana, a muy pocas personas les importaría proporcionalmente hablando. La forma de organización social es un caos y además todo es ficticio: el dinero, la economía, la política, la religión, todo lo hemos creado nosotros. La gente no cambia llegando al mundo laboral: los flojos siguen siendo flojos, los conflictivos siguen siendo conflictivos, los impuntuales siguen siendo impuntuales, los borrachos siguen siendo borrachos, los que desafiaban la autoridad de los maestros ahora desafían la del jefe.


Al hacer tus hipótesis del mundo te das cuenta que tus progenitores también muy probablemente ya pasaron por esto, por todo esto que se siente como tirarse por un acantilado y caer en agua helada y que en el fondo del aparentemente pequeño y sosegado lago en realidad haya un cocodrilo hambriento esperándote. Y entonces los admiras. ¿cómo le hicieron? Los admiras por vivir, por lanzarse por ese acantilado, por seguir viviendo sin siquiera saber si existe una razón para su existencia, si tenemos un propósito concreto y cuál es, por haber hecho a un lado la futilidad de estos cuestionamientos. Los admiras por haber superado sin tantos traumas todos los cambios que han existido desde que los teléfonos se volvieron móviles y vivimos en lo que antes se consideraba mera ciencia ficción. Los admiras, sí, pero también les guardas cierto rencor. Rencor por el mundo que te han dejado, por la destrucción, por la contaminación, por la economía, por sus ideas conservadoras que impiden todavía a muchos a ser quienes son realmente, y a tener libertades y derechos que merecen. Porque critican a tu generación por floja o por conflictiva sin darse cuenta que son ellos la ocasión de lo mismo que culpan, como diría Sor Juana.


La vida adulta es una completa y absoluta locura. Es un caos, pero a pesar de todo no pierdes la sonrisa que te ocasiona vislumbrar, a la orilla del lago, todas las puertas que se extienden hacia el horizonte después de tirarte por el acantilado. Todas esas puertas están listas para que te acerques, abras una, te asomes, arruines todo y pases a la siguiente, como buena noob de la vida que eres. No pierdes la esperanza en ti misma a pesar de que todo el mundo quiere decirte cómo dejar de ser noob y convertirte en una experta en la vida, porque ellos creen serlo y creen poder ayudarte a pasar de nivel y hacerte amiga del cocodrilo, pero en realidad nadie tiene la menor idea de lo que está haciendo. Así que sigues disfrutando en medio de la locura, intentando crear una pequeña isla de paz dentro del enorme y oscuro lago de cosas que se tienen que saber y decisiones que se tienen que tomar. Porque al fin y al cabo de eso se trata, ¿no? De disfrutar nuestra corta e insignificante existencia antes de que se esfume.

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