De Paseo

Actualizado: 9 may 2020
Salí a dejar a mi hermano y me quedé sola, así que puse mi navegador digital con dirección a mi casa, pero una vez que me di cuenta de dónde me encontraba decidí ignorar todos los “gira a la derecha” que me ordenaba la voz robótica desde las bocinas del coche. Las calles iban tomando forma de pueblo mágico: los baches se iban quedando atrás, las casas se pintaban de colores vivos, las calles se llenaban de vendedores ambulantes y peatones, y poco a poco reconocí exactamente dónde estaba: San Pedro Cholula. Rodeé el zócalo y noté que estaban acomodando todo para una gran feria. Después di un par de giros más, llegué atrás de la gran pirámide de Cholula y me estacioné.
Con amagos de borrar las tristezas y preocupaciones cotidianas acumuladas, amarré mi llave a las agujetas del zapato y me dispuse a correr. Entonces recordé los increíbles sentimientos que provoca estar en movimiento: el viento y el sol en la cara, que a su vez se pone cada vez más roja por el esfuerzo, volver a sentir la respiración agitada, dolor de caballo y tener piernas que se mueven.
Pasé junto a todo tipo de gente que tal vez se me quedaba viendo pero tal vez no me daban la menor importancia. Señores con sus perros hablando por teléfono, vendedores de chapulines y zarzamoras, un señor con un águila que mantenía a su lado con una correa, parejas con su perro, parejas sin perros, parejas con niños, mamás con niñas, señoras cargando croquetas, señores arrancando lavanda del jardín y policías regañándolos.
Pasé por los puestos del mercado dominical, la zona peatonal, el parque con los gritos de los niños, la cancha de béisbol con los gritos de los espectadores y de los beisbolistas, la zona de atrás donde el único movimiento y sonido proviene de un restaurante con música del 2005 a todo volumen, y de vuelta al ruidoso mercado, peatones, niños, béisbol, silencio, Amadeus Amadeus Amadeus, silencio, mercado.
Una vez concluidas las dos vueltas a la pirámide volví a echarme a andar sin rumbo fijo, a pie. Y sentí esa libertad que da andar sola por las calles, cambie de opinión al menos cuatro veces conforme iba caminando y nadie podía detenerme. Sonreí para mí al recordar la última vez que me sentí así: hace un año en Nueva York.
Me sentía pequeña en una gran ciudad pero a la vez libre, segura e invencible. Me sentía irrelevante hacia todos los demás pero a la vez parte de ellos. Me perdí y me volví a encontrar, pero ahora en Cholula me limité a usar mis pies y mi intuición, en lugar del navegador y una bicicleta rentada por un precio exorbitante.
Llegué a mi restaurante favorito y pedí mesa para uno. ¡Qué atrevida me parezco a mí misma! llegar a un restaurante de ambiente familiar, en el que estoy segura que más de cuatro mesas completas se me quedaron viendo. ¡Pero qué contenta estoy!



Comentarios