La Pizzería

Actualizado: 9 may 2020
¿Que si creo en el amor a primera vista? Llevo un mes comiendo en el mismo lugar, el mismo día de la semana y a la misma hora, con tal de revivir esos segundos de magia de la vez que te vi.
¿por qué lo hago? ¿Realmente lo creo una posibilidad o solamente lo estoy haciendo con tal de tener tema de escritura? Gastar dinero cuando ni siquiera necesito o quiero hacerlo. Adelantarme a mi siguiente compromiso con tal de cumplir la misma hora exacta. ¿qué espero sacar de esto? ¿y si al final funciona? ¿y si alguien me descubre?
La pizzería en sí no es ni el problema ni la solución pero sí tiene aspectos problemáticos y otros que me hacen sentir que es la solución temporal a todos mis problemas que con nada se van.
El sabor ha sido excelente cada vez que comido sus pizzas, la masa suave por dentro pero crujiente por fuera y con un exquisito sabor cualquiera de las veces. El día que pedí la margherita, el día de la de alcachofas, la de papas con huevo y también la de calabacitas con jitomate cherry. Ni siquiera me había dolido tanto gastar en ella porque representa esperanza, la posibilidad de un cambio en mi vida, de conocer a alguien nuevo y amable, de que algo extraordinario suceda, de que un cuento de hadas se vuelva realidad o una prueba de la existencia del destino. Pero la paradoja del destino es que pensar demasiado en él lo desvirtúa, lo cohíbe y lo revierte.
El olor desde el pasillo me dio tanta más seguridad de que hoy también debía volver a entrar, pero luego S. lo consideró y se fue decepcionada pensando que la seguiría igualmente decepcionada. Sin saber mi secreto con el lugar. Mi complicidad al conocer a los meseros y al dueño por tantas veces que he ido. Sin saber la culpa que siento porque realmente ni siquiera estoy ahí por la pizza misma sino por cuestiones del destino. Ella no podría entender jamás mis razones para quedarme, tampoco las entiendo yo del todo.
¿Por qué hoy tampoco volviste? Había descuentos y la otra vez compraste varias rebanadas. A lo mejor pensaste lo mismo que S.: son extraordinariamente caras. A lo mejor eran para tu familia, tu esposa y tus hijos…. ¿llevabas un anillo? No lo sé, mis recuerdos son cada vez más vagos. La camioneta grande y gris con un espejo pegado con cinta de aislar gruesa y de color negro. ¿qué camioneta era, qué placas tenía? Imposible recordarlo. La camisa que llevabas, ¿tenía cuadros o era lisa? Lo que no olvido son tus ojos azules mirándome de reojo y tu sonrisa discreta cuando cruzamos miradas. La forma en que te sentaste a esperar tu pedido, y cómo volvimos a cruzar miradas y a sonreír antes de que yo desviara la mía. Todas las palabras atoradas en nuestras gargantas, que se quedaron ahí pero yo sentía que estaban flotando en el aire entre los dos. No nos dijimos nada, no había nadie más.
¿y si volvemos a coincidir? ¿Hablaríamos entonces? ¿volveríamos a sonreír con complicidad? ¿nos miraríamos fijamente a los ojos y nos besaríamos? ¿me cargarías a tu camioneta gris con los espejos pegados con cinta de aislar negra?
Claro que no. Por supuesto que nada de esto pasaría. Nada de esto pasará. Esto es la vida real y por más duro que sea es necesario aceptar que a veces nos equivocamos cuando intentamos adelantárnosle al destino. Y que es incluso peligroso intentarlo porque puede salirnos al revés de lo que esperamos.
Hoy te dejo ir. Hoy me despido de todas las ilusiones que se crearon a tu alrededor cuando no sé ni siquiera tu nombre. Hoy me despido de la historia que nunca empezó. Hoy mato esos sueños y esperanzas que se generaron durante esos segundos de miradas esquivas y sonrisas pícaras discretas. Adiós para siempre.

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